Slow reading, slow book

Sí, amigos, ha llegado el tiempo de lo que voy a llamar desde ahora el SLOW READING, el SLOW BOOK.

Os propongo desde aquí pasar de la lectura extensiva y la lectura en diagonal, esas dos ansiedades recientes, a la lectura intensiva, lenta, emocionante, a la lectura que pida a gritos relectura, os ofrezco el SLOW READING, el SLOW BOOK.

Y os dejo con el primer ejemplar de esa nueva especie salvaje.

¿Ya tienes tu alma en la orilla?

http://www.elkar.com/es/ficha_del_libro/tu-alma-en-la-orilla/lloret-ignacio/a000000273524

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Tu alma en la orilla

http://www.edicionesbeta.com/libros/ver_detalle.asp?libro=332

Queridos amigos, os presento el título y la portada de mi nuevo libro. Está editado por Ediciones Beta y se presentará muy pronto en las librerías bajo el lema:

¿Ya tienes tu alma en la orilla?

Capitanes intrépidos                                                           

Pocos días después del naufragio del Costa Concordia en las aguas del Tirreno, nos enteramos de que su capitán, Francesco Schettino, abandonó el barco en plena catástrofe, mucho antes de que lo hicieran los pasajeros y el resto de la tripulación. En una conversación telefónica con la Capitanía de Puerto, el máximo responsable del crucero reconoció que ya no estaba a bordo y puso excusas cuando le ordenaron volver a su puesto de mando para hacerse cargo del rescate.

A propósito de la tragedia ocurrida frente a la isla de Giglio, ya se ha hecho un paralelismo entre el suceso aeronáutico y la situación delicada del Euro, de las finanzas de los países que manejan la moneda europea. La circunstancia de que el naufragio se haya producido precisamente en Italia, uno de los estados más afectados por la crisis, ha llevado a una comparación periodística entre ésta y la desgracia sufrida por el Costa Concordia en pleno invierno.

Aunque la comparación ha resultado oportuna porque ilustra con claridad la zozobra de nuestras economías, deberíamos apartar un momento el foco del transatlántico y proyectarlo sobre su capitán, hacia ese hombre que asumió una posición de garante sobre otros cuatro mil y que los abandonó a su suerte como un cobarde.

Sí, conviene regresar a Schettino, cederle todo el protagonismo para permitir que su caso, el de esa huida miserable, nos recuerde con razón a otros muchos con un desenlace similar. Me refiero a ejemplos recientes en que también hubo alguien al frente de un ente, un organismo o una empresa en marcha, de una superconstelation como el Costa Concordia, uno o varios capitanes que, lo mismo que Schettino, aceptaron la responsabilidad sobre un grupo de hombres y mujeres y los dejaron en la estacada en cuanto empezó a escorarse la nave.

Quién no se acuerda todavía de los bancos, las cajas y demás entidades financieras que quebraron, entre otros motivos, por la ineptitud de sus gestores, pero cuyo hundimiento no impidió que éstos saltaran a tierra con una indemnización millonaria o un bonus blindado frente a cualquier reproche por incompetencia que pudiera hacérseles a posteriori. Imposible olvidar la escena, imaginada ahora por muchos de nosotros, en que ocuparon a codazos un lugar preferente en el bote salvavidas de su finiquito de lujo dando la espalda a un buque en ruinas lleno de empleados y clientes.

Quién no retiene el nombre de las multinacionales que, habiéndose comprometido con un lugar y una plantilla a cambio de ayudas e inversiones públicas, cortaron las amarras que sujetaban sus naves de producción a ese territorio y permitieron que naufragaran in situ con todos los trabajadores nadando dentro de ellas. No sólo recordamos sus nombres, sino también la desfachatez con que contaron mentiras como Schettino y la prisa con que escaparon a otros puertos.

Quién no conoce el apellido de todos los alcaldes y presidentes de la administración que sea, de todos esos políticos elegidos en su día para dirigir los destinos y administrar los recursos de una comunidad que, después de comprometer pagos por servicios recibidos, terminaron su mandato dejando a funcionarios y a proveedores sin cobrar. Conocemos sus datos de sobra, nos quedamos con su cara, pues les vimos marchar con su sueldo vitalicio mientras nos decían que, en lo que respecta a esta crisis, estábamos todos en el mismo barco.

Quién no se ha reído por no llorar con la historia del yerno del Rey, con ese jugador de balonmano que quiso convertirse primero en infante y luego en empresario de éxito, que, fingiendo dedicarse a una labor altruista y sin ánimo de lucro, se llevó el dinero de varias comunidades. Sí, nos sabemos su currículum y sus rasgos de memoria, sabemos que, cuando le pillaron con el camarote tapizado de facturas hinchadas, cogió el primer avión a Washington y dejó siete empresas a la deriva.

Estos días, viendo los vídeos del capitán Schettino bailando y entreteniendo a sus pasajeros con el smoking blanco, hemos pensado en las horas felices de todos los personajes mencionados aquí. Hemos recordado sus discursos, sus nombramientos, sus investiduras, sus bodas, y todos los momentos de gloria en que aún eran capitanes. Entonces hemos lamentado que no haya también imágenes de su naufragio como personas, una película completa donde se viese a todos los Schettinos abandonando sus barcos más deprisa que las ratas.

Es verdad que al final acabaríamos riéndonos de ese hombre y de otros mamarrachos como él, si no fuese porque ha habido víctimas mortales. Dado que la ocasión es triste, me gustaría honrar a los muertos del Costa Concordia evocando la película de Victor Fleming que da título a este artículo. Quién no se acuerda de Spencer Tracy en el papel de Manuel, de aquel pescador portugués que se gana el corazón de Harvey, el niño interpretado por Freddie Bartholomew, de la escena tan emotiva en que el marinero queda atrapado en el barco semihundido y desaparece en el agua para siempre.

http://www.youtube.com/watch?v=quynEWf4CI4&feature=related

 

Los ilusionados                                                                  

El año 2011 ha sido sin duda el del movimiento 15-M, el año en que cientos de miles de personas acamparon en el centro de muchas ciudades del mundo para rebelarse contra un sistema injusto y obsoleto. En cuanto esos últimos doce meses se conviertan en recuerdo, los recordaremos sobre todo por ese fenómeno cívico, por esa insurrección sin violencia en el curso de la cual la gente salió a la calle y organizó una oposición pacífica frente a una manera de actuar que se ha vuelto insostenible.

Sí, 2011 ha sido el año de los Indignados y a lo largo de este tiempo nada ha resultado más oportuno que esa manifestación espontánea de hombres y mujeres airados, cansados de lo que ocurre. Nunca ha quedado más claro que ahora hasta qué punto son imperfectas nuestras democracias, en qué medida estamos a merced de otros y qué estrecho es el margen de actuación que tenemos. Si por un lado Internet nos permite enterarnos de lo que pasa con relativa rapidez, por otro también nos advierte a diario de lo impotentes que somos ante lo que sucede.

Tal como estaban las cosas, era importante acudir a las plazas y sentarse a protestar, era urgente manifestarse sin los lemas de otras veces, con pancartas nuevas que denunciasen la gestión incompetente y esos métodos basados en la búsqueda salvaje del beneficio. En primavera fue acertado y valiente tomar las avenidas para recordar a los políticos de dónde proviene su mandato, quién se lo asigna y en qué ha de consistir en la práctica. Y si entonces era perentoria la resistencia pasiva y la denuncia de lo incorrecto, ahora llega el momento de perseguir la fantasía, de caminar hacia ella con propuestas concretas. Precisamente en estos días de crisis debemos incorporar un entusiasmo nuevo, no una alegría cualquiera, sino una agenda de proyectos que se transforme en algo colectivo después de haber sido primero una suma de propósitos individuales.

Antes de pensar en nuevas movilizaciones, sería bueno que cada uno escuchara la música que lleva dentro, siguiera esa partitura que oye cada uno en su interior, compuesta en exclusiva para cada uno de nosotros, esa melodía que suena todo el rato y que nos sugiere hacia dónde ir. Y es que en la vida de cada uno hay una especie de flautista de Hamelin que nos indica un itinerario incomprensible para los demás, alguien que no nos lleva al río para que nos ahoguemos, sino que nos guía cuando se han apagado las demás señales.

En la novela Libertad, de Jonathan Franzen, hay un personaje de quien el autor dice que “no sabía cómo debía vivir”. Es posible que ahora esté ocurriéndonos lo mismo que a Walter Berglund, que no sepamos cómo vivir, no de qué vivir, sino de qué manera, de acuerdo con qué principios, conforme a qué ética elemental.

Hubo una época en que aún éramos idealistas, en que aún llevábamos a cuestas un buen puñado de empeños, en que todavía nos dejábamos seducir por ellos. Entonces el día no empezaba con un parte insípido de puntos en bolsa o primas de riesgo, sino con una lista de tareas por hacer. Éstas también tenían un precio, también podían reducirse a números, pero nosotros preferíamos verlas como una labor que se imagina y se construye, como algo que subsiste más allá del puro intercambio. Entonces lo construido ya costaba dinero y, sin embargo, había tantas compensaciones previas, tantos estadios de satisfacción por lo conseguido, que cuando se hacía efectivo el pago ya no recordábamos el porqué.

Sería difícil precisar cuándo se estropeó todo, cuándo se jodió el Perú, Zavalita. En algún momento, lo abstracto, que ya existía, perdió su componente poético y se volvió verborrea sin belleza, una ristra de datos técnicos sin vida. En algún momento se nos olvidó que lo nuestro era cultivar patatas o fabricar mesas o escribir libros o curar heridas que sangran, y nos pusimos a hablar en ese lenguaje que se emplea para vender humo. En algún momento nos convencieron de que todo lo que no puede expresarse en forma de índice o de cifra o de porcentaje no sirve para nada, de que sólo valen los resultados de esta mañana, y nuestra rutina se convirtió en un repaso de columnas que varían eternamente.

No, 2012 no puede ser otro año irritado, otro periodo más de indignación. 2012 debería ser como uno de aquellos veranos de la juventud, un tiempo insensato en que la ilusión por la novedad recorra nuestro cuerpo veinticuatro horas al día y nos dé el valor necesario para salir a la cuneta a parar camiones con el pulgar levantado. En 2012 haríamos bien en recuperar parte de aquella estupidez, esa inocencia que nos impedía ver los peligros haciéndonos parecer intrépidos aunque en realidad no lo fuésemos. En 2012 sería una suerte encontrar al hombre de la pandereta, al entrañable personaje de Dylan, y seguirle más allá de las hojas heladas, de los árboles encantados, hacia una playa sacudida por el viento.

Capitanes intrépidos                                                           

           Pocos días después del naufragio del Costa Concordia en las aguas del Tirreno, nos enteramos de que su capitán, Francesco Schettino, abandonó el barco en plena catástrofe, mucho antes de que lo hicieran los pasajeros y el resto de la tripulación. En una conversación telefónica con la Capitanía de Puerto, el máximo responsable del crucero reconoció que ya no estaba a bordo y puso excusas cuando le ordenaron volver a su puesto de mando para hacerse cargo del rescate.

A propósito de la tragedia ocurrida frente a la isla de Giglio, ya se ha hecho un paralelismo entre el suceso aeronáutico y la situación delicada del Euro, de las finanzas de los países que manejan la moneda europea. La circunstancia de que el naufragio se haya producido precisamente en Italia, uno de los estados más afectados por la crisis, ha llevado a una comparación periodística entre ésta y la desgracia sufrida por el Costa Concordia en pleno invierno.

Aunque la comparación ha resultado oportuna porque ilustra con claridad la zozobra de nuestras economías, deberíamos apartar un momento el foco del transatlántico y proyectarlo sobre su capitán, hacia ese hombre que asumió una posición de garante sobre otros cuatro mil y que los abandonó a su suerte como un cobarde.

Sí, conviene regresar a Schettino, cederle todo el protagonismo para permitir que su caso, el de esa huida miserable, nos recuerde con razón a otros muchos con un desenlace similar. Me refiero a ejemplos recientes en que también hubo alguien al frente de un ente, un organismo o una empresa en marcha, de una superconstelation como el Costa Concordia, uno o varios capitanes que, lo mismo que Schettino, aceptaron la responsabilidad sobre un grupo de hombres y mujeres y los dejaron en la estacada en cuanto empezó a escorarse la nave.

Quién no se acuerda todavía de los bancos, las cajas y demás entidades financieras que quebraron, entre otros motivos, por la ineptitud de sus gestores, pero cuyo hundimiento no impidió que éstos saltaran a tierra con una indemnización millonaria o un bonus blindado frente a cualquier reproche por incompetencia que pudiera hacérseles a posteriori. Imposible olvidar la escena, imaginada ahora por muchos de nosotros, en que ocuparon a codazos un lugar preferente en el bote salvavidas de su finiquito de lujo dando la espalda a un buque en ruinas lleno de empleados y clientes.

Quién no retiene el nombre de las multinacionales que, habiéndose comprometido con un lugar y una plantilla a cambio de ayudas e inversiones públicas, cortaron las amarras que sujetaban sus naves de producción a ese territorio y permitieron que naufragaran in situ con todos los trabajadores nadando dentro de ellas. No sólo recordamos sus nombres, sino también la desfachatez con que contaron mentiras como Schettino y la prisa con que escaparon a otros puertos.

Quién no conoce el apellido de todos los alcaldes y presidentes de la administración que sea, de todos esos políticos elegidos en su día para dirigir los destinos y administrar los recursos de una comunidad que, después de comprometer pagos por servicios recibidos, terminaron su mandato dejando a funcionarios y a proveedores sin cobrar. Conocemos sus datos de sobra, nos quedamos con su cara, pues les vimos marchar con su sueldo vitalicio mientras nos decían que, en lo que respecta a esta crisis, estábamos todos en el mismo barco.

Quién no se ha reído por no llorar con la historia del yerno del Rey, con ese jugador de balonmano que quiso convertirse primero en infante y luego en empresario de éxito, que, fingiendo dedicarse a una labor altruista y sin ánimo de lucro, se llevó el dinero de varias comunidades. Sí, nos sabemos su currículum y sus rasgos de memoria, sabemos que, cuando le pillaron con el camarote tapizado de facturas hinchadas, cogió el primer avión a Washington y dejó siete empresas a la deriva.

Estos días, viendo los vídeos del capitán Schettino bailando y entreteniendo a sus pasajeros con el smoking blanco, hemos pensado en las horas felices de todos los personajes mencionados aquí. Hemos recordado sus discursos, sus nombramientos, sus investiduras, sus bodas, y todos los momentos de gloria en que aún eran capitanes. Entonces hemos lamentado que no haya también imágenes de su naufragio como personas, una película completa donde se viese a todos los Schettinos abandonando sus barcos más deprisa que las ratas.

Es verdad que al final acabaríamos riéndonos de ese hombre y de otros mamarrachos como él, si no fuese porque ha habido víctimas mortales. Dado que la ocasión es triste, me gustaría honrar a los muertos del Costa Concordia evocando la película de Victor Fleming que da título a este artículo. Quién no se acuerda de Spencer Tracy en el papel de Manuel, de aquel pescador portugués que se gana el corazón de Harvey, el niño interpretado por Freddie Bartholomew, de la escena tan emotiva en que el marinero queda atrapado en el barco semihundido y desaparece en el agua para siempre.

http://www.youtube.com/watch?v=XgrlfKzc8t4&feature=related

 

Los ilusionados

Este año que acaba ha sido sin duda el del movimiento 15-M, el año en que cientos de miles de personas acamparon en el centro de muchas ciudades del mundo para rebelarse contra un sistema injusto y obsoleto. En cuanto estos últimos doce meses se conviertan en recuerdo, los recordaremos sobre todo por ese fenómeno cívico, por esa insurrección sin violencia en el curso de la cual la gente salió a la calle y organizó una oposición pacífica frente a una manera de actuar que se ha vuelto insostenible.

Sí, 2011 ha sido el año de los Indignados y a lo largo de este tiempo nada ha resultado más oportuno que esa manifestación espontánea de hombres y mujeres airados, cansados de lo que ocurre. Nunca ha quedado más claro que ahora hasta qué punto son imperfectas nuestras democracias, en qué medida estamos a merced de otros y qué estrecho es el margen de actuación que tenemos. Si por un lado Internet nos permite enterarnos de lo que pasa con relativa rapidez, por otro también nos advierte a diario de lo impotentes que somos ante lo que sucede.

Tal como estaban las cosas, era importante acudir a las plazas y sentarse a protestar, era urgente manifestarse sin los lemas de otras veces, con pancartas nuevas que denunciasen la gestión incompetente y esos métodos basados en la búsqueda salvaje del beneficio. En primavera fue acertado y valiente tomar las avenidas para recordar a los políticos de dónde proviene su mandato, quién se lo asigna y en qué ha de consistir en la práctica. Y si entonces era perentoria la resistencia pasiva y la denuncia de lo incorrecto, ahora llega el momento de perseguir la fantasía, de caminar hacia ella con propuestas concretas. Precisamente en estos días de crisis debemos incorporar un entusiasmo nuevo, no una alegría cualquiera, sino una agenda de proyectos que se transforme en algo colectivo después de haber sido primero una suma de propósitos individuales.

Antes de pensar en nuevas movilizaciones, sería bueno que cada uno escuchara la música que lleva dentro, siguiera esa partitura que oye cada uno en su interior, compuesta en exclusiva para cada uno de nosotros, esa melodía que suena todo el rato y que nos sugiere hacia dónde ir. Y es que en la vida de cada uno hay una especie de flautista de Hamelin que nos indica un itinerario incomprensible para los demás, alguien que no nos lleva al río para que nos ahoguemos, sino que nos guía cuando se han apagado las demás señales.

En la novela Libertad, de Jonathan Franzen, hay un personaje de quien el autor dice que “no sabía cómo debía vivir”. Es posible que ahora esté ocurriéndonos lo mismo que a Walter Berglund, que no sepamos cómo vivir, no de qué vivir, sino de qué manera, de acuerdo con qué principios, conforme a qué ética elemental.

Hubo una época en que aún éramos idealistas, en que aún llevábamos a cuestas un buen puñado de empeños, en que todavía nos dejábamos seducir por ellos. Entonces el día no empezaba con un parte insípido de puntos en bolsa o primas de riesgo, sino con una lista de tareas por hacer. Éstas también tenían un precio, también podían reducirse a números, pero nosotros preferíamos verlas como una labor que se imagina y se construye, como algo que subsiste más allá del puro intercambio. Entonces lo construido ya costaba dinero y, sin embargo, había tantas compensaciones previas, tantos estadios de satisfacción por lo conseguido, que cuando se hacía efectivo el pago ya se nos había olvidado el porqué.

Sería difícil precisar cuándo se estropeó todo, cuándo se jodió el Perú, Zavalita. En algún momento, lo abstracto, que ya existía, perdió su componente poético y se volvió verborrea sin belleza, una ristra de datos técnicos sin vida. En algún momento se nos olvidó que lo nuestro era cultivar patatas o fabricar mesas o escribir libros o curar heridas que sangran, y nos pusimos a hablar en ese lenguaje que se emplea para vender humo. En algún momento nos convencieron de que todo lo que no puede expresarse en forma de índice o de cifra o de porcentaje no sirve para nada, de que sólo valen los resultados de esta mañana, y nuestra rutina se convirtió en un repaso de columnas que varían eternamente.

No, 2012 no puede ser otro año irritado, otro periodo más de indignación. 2012 debería ser como uno de aquellos veranos de la juventud, un tiempo insensato en que la ilusión por la novedad recorra nuestro cuerpo veinticuatro horas al día y nos dé el valor necesario para salir a la cuneta a parar camiones con el pulgar levantado. En 2012 haríamos bien en recuperar parte de aquella estupidez, esa inocencia que nos impedía ver los peligros haciéndonos parecer intrépidos aunque en realidad no lo fuésemos. En 2012 sería una suerte encontrar al hombre de la pandereta y seguirle más allá de las hojas heladas, de los árboles encantados, hacia una playa sacudida por el viento.

http://www.youtube.com/watch?v=eP60r_cbRO0

 

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