El show de Rubalcaba y Chacón                                        

 Estos días de frío soviético nos llega la noticia del triunfo de Alfredo Pérez Rubalcaba sobre Carme Chacón en el congreso del PSOE, de su elección como nuevo secretario general. Después de recorrer varias ciudades y dar mítines en numerosas plazas, el candidato de las elecciones de noviembre ha resultado ganador en ese duelo político que ha ocupado los titulares de muchos telediarios.

Recién salida de un proceso electoral y metida hasta el cuello en la crisis, la mayoría de los ciudadanos no entiende muy bien en qué ha consistido esa pugna dialéctica del siglo XIX, a santo de qué había que saturar la actualidad con batallitas de esta índole. Creíamos que ese señor de barba ya había perdido su guerra el 20 de noviembre y que lo que le correspondía ahora era retirarse de los focos por lo menos durante algún tiempo. Creíamos que la ex ministra de defensa asumiría su porción de responsabilidad en la debacle de otoño, en la derrota del PSOE, y que también se apartaría un poco de la primera línea cediendo el protagonismo a otros personajes de la escena.

Cuál fue nuestra sorpresa cuando, terminada la Navidad, volvimos a verles en los periódicos y en las pantallas, les vimos sonriendo otra vez en las tribunas de siempre. Fue como si Papá Noel o los Reyes Magos hubiesen aparecido de repente a mediados de abril, hubiesen regresado para resolver nuestros problemas con villancicos, había algo terrorífico en esa resurrección sin misterio religioso. Y como nos costaba creer que aquello estuviese ocurriendo de verdad, al principio pensamos que era un anuncio de televisión o una broma adelantada al Carnaval, nos parecían imposibles otras hipótesis.

Pero lo peor es que la cosa no se quedó ahí. Resulta que, a pesar del invierno y lo impracticable de los caminos, el ex candidato y la ex ministra se liaron la manta a la cabeza y emprendieron una gira por separado, se echaron a la carretera sin dudarlo. Sí, supimos que habían empezado a viajar y respiramos aliviados suponiendo que se marchaban. Ya creíamos que les perderíamos de vista por unos meses, cuando de pronto emergieron en los programas de mayor audiencia como resortes bien engrasados, asomaron de nuevo esa cara feliz que ya conocíamos de los carteles.

Un día nos saludaban desde Zamora y a la mañana siguiente desayunaban con nosotros en Ciudad Real. Una tarde les veíamos en Cádiz y horas después estaban dando un mitin en León. Aunque los dos intentaban dotar de trascendencia a su periplo, a nosotros nos recordaba a El viaje a ninguna parte de Fernando Fernán Gómez, a esa película entrañable sobre los cómicos itinerantes de los años cincuenta. Los imaginábamos en caminos polvorientos como ellos y pensábamos que, comparada con la del ex candidato y la ex ministra, la gira de los feriantes de tiovivo en verano tenía el glamour de un tour de los Rolling Stones.

Vivimos en una época en que no se acepta la derrota. Es tal el temor a perder y a fracasar, que celebramos los malos resultados con el mismo triunfalismo que las victorias. Se ha difuminado tanto la línea que separa al que gana del que pierde, que es imposible distinguirlos entre sí. Ahora el que pierde no se retira a reflexionar y a mejorar, no regresa a la discreción para dejar el puesto a otros, sino que se tapa el rostro unos segundos con las dos manos, y enseguida vuelve a sonreír como antes, vuelve a prometernos lo mismo si le elegimos.

Ahora los equipos salen al balcón de su pueblo a saludar cuando ganan, pero también cuando quedan segundos y terceros, y cuando han participado con pundonor. Ahora hay un trofeo para el que vence, pero no falta una ensaladera más pequeña para el vencido, y un lote de productos locales para los demás. Nuestra sociedad se ha convertido en una imitación a lo grande de la entrega de los Goya, esa fiesta nacional en la que hay regalinas y ganchitos para todos. Desde la platea de espectadores, vemos con asombro cómo van subiendo al escenario los actores principales, luego los secundarios, los familiares de unos y otros, y sabemos que los pocos que no suban serán mencionados emotivamente, pues también a ellos se les debe una parte importante del galardón.

No se trata de magnificar la victoria ni de transformar la derrota en un estigma para siempre, pero haríamos bien en no perder la perspectiva de lo que conseguimos. Cualquiera de las tareas que desempeñamos termina en unos resultados concretos, se dirige a un objetivo cuya consecución no tenemos asegurada de antemano. Al otro lado de nuestros esfuerzos e iniciativas puestas en marcha hay alguien que va a verse beneficiado o no por ellos y a quien no debemos engañar. La derrota no debe hundirnos ni desanimarnos, pero sí tiene que ser el principio de un periodo de análisis, el punto de partida de un tiempo distinto en que prime sobre todo la introspección. Sólo de ese modo es posible corregir los errores que cometimos al intentar el éxito de nuestro proyecto, mejorar las formas, las herramientas o los métodos que no nos sirvieron entonces.

Ahora que ha terminado el congreso del PSOE, tenemos la esperanza de que los telediarios cambien. Esperamos que haya
un soplo de aire fresco en los titulares de cada día, que se hable de cosas diferentes. A los que gobiernan porque ganaron en noviembre les pedimos que lo hagan con competencia, y a los que perdieron les rogamos que nos dejen descansar un poco de ellos, por favor.

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