Apuntes sobre la marcha, 11 de julio de 2012

En La civilización del espectáculo, Vargas Llosa acierta al denunciar la confusión que existe hoy en el mundo de la cultura, la falta de referencias que permitan al gran público saber cuáles son las creaciones de calidad. Tiene razón cuando señala que en ese ámbito reinan la impostura y el timo. Sin embargo, en su planteamiento hay una visión anticuada de las cosas. En cierto modo, él echa de menos la vieja dinámica instructor-instruido, la división de la sociedad en intelectuales influyentes y público influido. Detrás de sus palabras persiste la idea de que el intelectual puede comprender la realidad mejor que los demás, cuando, precisamente, ya no hay una, sino muchas realidades, y cada una de ellas se ha vuelto tan fragmentaria, complicada y caótica que su comprensión ya no está al alcance de nadie. Por otro lado, el autor de La fiesta del chivo descuida la existencia de nuevas formas de cultura, nuevas maneras de ser culto, de un tipo de inteligencia que ha nacido con las nuevas tecnologías y que nos permite mirar el mundo con ojos distintos, abordarlo desde otras perspectivas. En definitiva, vivir de un modo diferente.

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