Apuntes, 17 de agosto de 2012

Hay un intento de no envejecer tan deprisa, un placer especial cada vez que nos olvidamos la mitad de las cosas al volver de un viaje o llegamos tarde a una comida familiar. Creo que hacemos bien no convirtiéndonos del todo en ciudadanos modélicos, siendo aún un poco desastres, regresando perplejos de los recados a los que nos envían. En Las correcciones, de Jonathan Franzen, Chip, un muchacho de cuarenta años, observa a un padre con su hijo en el supermercado y se pregunta cómo será eso de ser necesitado en lugar de necesitar a otros todo el rato.

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