Apuntes, 11 de septiembre de 2012

La tarea de la literatura, de los escritores, es convertir la realidad en algo mejor. En lo que a personajes se refiere, mejorar a quienes nos rodean no significa precisamente hacerlos más bondadosos. Si alguna vez decido escribir una historia ambientada en la aldea donde vivo, explotaré el potencial poético de algunos vecinos, pero a los mamarrachos tendré que “mejorarlos” para que puedan alcanzar una dimensión literaria, es decir, no me quedará más remedio que transformarlos en forajidos.

Yo supongo que, en El ruido y la furia, Faulkner debió de hacer algo parecido con Jason. Cogió a un gilipollas de su pueblo y lo convirtió en un malo sublime.

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