Apuntes, 23 de septiembre de 2012

Uno de los grandes temas de la literatura sigue siendo la idealización de las personas y el desmoronamiento de esa idealización. Se trata de argumentos basados en la admiración excesiva que siente un personaje por otro. El lector ve cómo esa admiración se derrumba de repente en el momento en que el primero conoce detalles de la vida o del comportamiento del segundo.

En Una dama extraviada, de Willa Cather, el joven Niel Herbert venera la elegancia y los modales de su vecina Marianne Forrester, hasta que un día descubre cosas de ella que rompen esa imagen para siempre.

Muchas de las decepciones que sufrimos con la gente que nos rodea se deben precisamente a esa idealización exagerada. Sin ser muy conscientes de ello, colocamos a la persona admirada en una posición que le exige un virtuosismo permanente e imposible. Pero esa decepción, ese desplome que se produce tarde o temprano, no es un signo de su debilidad humana, sino un síntoma de nuestro fundamentalismo moral.

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