Apuntes, 6 de abril de 2013

Vivimos casi siempre bajo una combinación extraña de sentimientos, en un oxímoron sentimental que se renueva una y otra vez. Creemos que nuestros estados de ánimo van a pelearse entre sí por ser teóricamente incompatibles y, sin embargo, resulta que al final conviven con naturalidad conformando incluso nuestro carácter.

En uno de los relatos de Vidas sombrías, Baroja cuenta cómo Marichu, la protagonista, regresa a su pueblo sin haber podido despertar a su hijo muerto. Escribe que “lloró, lloró largo tiempo, y luego, volvió a su casa con una desesperación tranquila”.

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