“Arte degenerado”

Estos días puede verse en el Ephraim-Palais, uno de los museos municipales de Berlín, la obra de un conjunto de pintores a quienes se prohibió exponer durante el Nacionalsocialismo. Bajo el título de verfemt, verfolgt, vergessen?, es decir, proscritos, perseguidos, ¿olvidados?, se ha inaugurado una retrospectiva que ocupa dos plantas enteras de ese palacete de la Poststrasse. Se trata de una amplia representación de cuadros que en aquella época fueron considerados como ejemplo del llamado entartete Kunst, “arte degenerado”.
Esa expresión nació en Múnich cuatro años después de la llegada de Hitler al poder. En 1937 se puso en marcha una gran acción por parte de los nazis consistente en una selección parecida a la quema de libros de 1933 o a la que se desarrollaba entonces entre la misma población alemana. Con criterios ideológicos ocultos bajo un pretexto estético, se puso en la picota a un grupo de artistas de manera que a partir de esa fecha ya no podrían ejercer su profesión dentro de los límites del Tercer Reich. La finalidad última de la iniciativa era la confiscación de su obra y, sin embargo, lo curioso es que los funcionarios nazis creyeron oportuno mostrarla previamente al público. Sí, lo paradójico es que, aunque marcados con el sello de “arte degenerado”, estigmatizados desde el principio, esos cuadros fueron exhibiéndose a lo largo de varios años en las galerías de todo el país. Con el objetivo de que los ciudadanos arios conociesen aquellas “aberraciones”, fuesen conscientes de las “desviaciones” practicadas por ciertos artistas, los responsables de la campaña fueron exponiéndolas de ciudad en ciudad como una feria de monstruos o un circo ambulante.
Sea como fuere, para muchas de las obras esa gira fue la última ocasión de salir a la luz, pues la mayoría fue destruida por los nazis o en los bombardeos que sufrió Alemania entre 1943 y 1945. En cuanto a sus autores, hubo diversidad de suerte y destinos. Unos lograron emigrar, otros murieron en el frente o en campos de concentración, y los más afortunados sobrevivieron al régimen de Hitler y retomaron su oficio en las décadas posteriores a la guerra.
A pesar de los cambios que ha habido desde entonces, el episodio histórico del “arte degenerado” sigue siendo una referencia para quienes tratamos de prosperar a nivel creativo. En primer lugar, lo es por lo que significa convertirse en persona non grata al poder, en creador incómodo para los políticos. A este respecto, poco importa que ahora vivamos en democracia, bajo los llamados regímenes parlamentarios. Aunque los gobiernos no recurran a medidas tan expeditivas como las que empleaban en el pasado, continúan con sus intentos de manipular a intelectuales y artistas. La única respuesta posible de éstos es la de resistir, la de no ceder, la de incrementar el tono crítico hacia el poder evitando cualquier concesión. Sí, la necesidad de practicar “arte degenerado”, esto es, arte desagradable al gobernante, inmune a sus tentativas de soborno, sigue tan vigente como en tiempos de los nazis.
Pero hay otras acepciones interesantes del término acuñado por ellos. Y es que con el adjetivo entartet los secuaces de Hitler se referían, además de a los ataques al Nacionalsocialimo contenidos claramente en muchos de los cuadros, a un modo concreto de manifestarlos, a un posicionamiento estético en definitiva. No hay que olvidar que estamos ante una segunda fase de la modernidad, ante un conjunto de pintores que buscan caminos nuevos en su disciplina, formas de expresión no utilizadas antes. A muchos de sus representantes, la búsqueda les ha llevado a maneras novedosas de distorsión de la realidad, a interpretaciones plásticas de la misma capaces de emocionar con una idea distinta de la belleza. Y, sin embargo, el hallazgo es visto por los vigilantes de la moral como una desfiguración obscena de las personas y las cosas, es considerado por los políticos de entonces como una afrenta directa hacia el Tercer Reich. Sí, también a este respecto debemos procurar hoy un “arte degenerado”, en el sentido de proponernos creaciones que, partiendo de lo conocido, se adentren en la espesura conmovedora de lo deforme.
Una última connotación del calificativo puede aplicarse al arte en general, pero se entiende mejor en el caso particular de una de sus modalidades, la literatura. Aunque la mezcla de géneros, la combinación de éstos dentro de un mismo texto, no es un fenómeno nuevo, sino algo aceptado hace mucho entre escritores y lectores, me parece oportuno volver a destacarlo aquí, pues cabe en los confines del término que da pie a este artículo.
Así como el ideal de pureza de raza pretendido por los nazis se basaba en una desfachatez, otro tanto puede afirmarse con respecto a los géneros literarios. Porque en la persecución de la autenticidad de lo escrito, al autor no le queda más remedio que echar mano de todas sus voces, todos sus recursos, todas sus herramientas, todos sus registros, de modo que el resultado final acaba siendo afortunadamente un híbrido. Y a la bestia salvaje que surge de ese proceso ni siquiera necesitamos ponerle nombre, pues nace extraña como una raíz torcida y le queda pequeño cualquier atributo. Consistirá en un producto golpeado desde todas partes, conformado a base de hachazos, pero sabremos que es valioso y lo querremos igual que a un hijo diferente. Sí, será una “criatura literaria degenerada”, un adefesio que nos hará temblar.

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