Apuntes, 12 de octubre de 2013

Nuestros vecinos cometen a menudo el error de creer que, como vivimos en el mismo pueblo, urbanización, barrio o escalera, somos igual que ellos. Pero su estupidez no se queda ahí. Ocurre que, cuando por fin se dan cuenta de que tenemos costumbres, hábitos, ideas o gustos distintos, se sienten de repente ofendidos. Sí, cuando se enteran de que comemos a una hora diferente o que nos hace gracia otro tipo de chistes, se consideran víctimas de una especie de traición.

En su relato Las lunas de Júpiter, Alice Munro hace decir a uno de sus personajes: Decidí que quería ver a alguien que no tuviese parentesco conmigo y que no esperase nada en especial de mí.

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