Apuntes, 20 de octubre de 2013

Hay una edad en que ya sabemos todo de nosotros mismos, en que nos conocemos para siempre. A menos que ocurran grandes catástrofes o situaciones muy trágicas en las que sí saldría un personaje insólito, nuestro repertorio de gestos y actitudes se repite en un ciclo monótono que ya no cambia. Y, sin embargo, a veces confiamos en que surja un yo inédito al encontrarnos con personas nuevas, un yo sorprendente venido de no sé dónde y capaz de devolvernos parte del entusiasmo. Sí, tenemos la esperanza de que haya más tipos dentro de nosotros, figuras que estén en el camerino dispuestas a actuar, que aún no hayan entrado en escena.

En su libro El viajero del siglo, Andrés Neuman escribe: Pero al escuchar el organillo, su pasado metálico, a Hans le pareció que alguien, otro anterior a él, se estremecía en su interior.

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