Apuntes, 23 de noviembre de 2013

Si lo pensamos bien, la serenidad y el sosiego definitivos no los alcanzamos al expulsar las obsesiones y demás voces alborotadas que pululan por nuestra cabeza, sino cuando por fin las identificamos, les ponemos nombre y llegamos a un estado de armonía con ellas.

En el magnífico relato de Eloy Tizón El cielo en casa, uno de los personajes dice: Pronto descubrí que había árboles en mi muñeca, y playas, y casas, y gente. Gracias a eso pude dormir más o menos tranquila.

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