Apuntes, 27 de marzo de 2014

Quizá la muerte, la de los demás y la nuestra, se entienda mejor, se acepte de mejor talante si la contamos con palabras o expresiones sencillas como las de los buenos relatos. Entonces, describiéndola de ese modo, seremos capaces de verla necesaria, no exactamente feliz, pero sí natural como el ciclo de las estaciones.

En Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg escribe: En invierno nos dejaba algún viejo a causa de una pulmonía, las campanas de Santa María tocaban a muerto, y Domenico Orecchia, el carpintero, fabricaba la caja.

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Taller de novela, primavera 2014

Rodaje del Booktrailer de El hombre selvático, monte Sarbil, 15 de marzo

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Ir al cine

Hace unos días nos enteramos de que los Cines Saide Olite, situados en el Segundo Ensanche de Pamplona, cerraban por falta de espectadores. Nada más conocerse la noticia, hubo una cadena de reacciones entre la opinión pública navarra, un feedback lógico teniendo en cuenta que se trata de una sala que existía en la ciudad desde hace más de cincuenta años.
La mayoría de quienes se han pronunciado al respecto lo ha hecho para expresar su tristeza ante lo que considera una muestra más de la falta de atención a la cultura o de apoyo a la misma por parte de la Administración. Lo que ha predominado en las redes y foros de Internet a propósito del cierre de los Olite ha sido una especie de elegía, el canto nostálgico a un lugar que ha estado muy presente en la vida de los pamploneses a lo largo de varias décadas. Muchos de ellos han evocado sus recuerdos de infancia y juventud en un fenómeno de memoria involuntaria parecido al que practica Proust con la magdalena. Han regresado por un momento a las tardes de entonces y quizá por eso han sentido cierta indignación al saber que desaparecía uno de los espacios donde solían transcurrir.
Al margen del aspecto laboral, de la incertidumbre siempre desagradable en que queda el personal de un negocio que muere, el caso de los cines que cierran no puede entenderse como algo negativo, no es el indicio de una ausencia de interés por el séptimo arte. En realidad, lo que se extingue con ese local comercial de Pamplona es un viejo concepto que ya no funciona, una actividad social antes que cultural. En definitiva, lo que no subsiste es una manera de distraerse más propia de mediados del siglo XX, una excursión en grupo a esos sitios incómodos donde, a menudo, uno acaba encapsulado entre un tipo roncando y una pandilla de adolescentes inmersos en su festival de palomitas.
No, ni el fin de los Olite ni el de las salas que conozcan el mismo destino en el futuro van a terminar con nuestra necesidad de ver películas ni con la emoción que obtenemos al satisfacerla. Cualquiera que hable con familiares y amigos o que escuche conversaciones de los demás, sabe que el cine como producto creativo sigue siendo un tema recurrente en ellas, una dimensión virtual que continúa entreteniéndonos, instruyéndonos y conmoviéndonos, un modo de evasión al que difícilmente vamos a renunciar.
Es verdad que, puestos a buscar explicaciones al cierre de esos negocios, nos topamos primero con el aspecto tecnológico, con la diversidad de soportes y formatos gracias a los cuales es posible hoy visionar films sin tener que moverse de casa. No hay duda de que los ordenadores, smartphones y tabletas nos lo permiten con una calidad y unas prestaciones cada vez mejores. Sin embargo, lo que parece un motivo del abandono de los cines, es decir, el progreso técnico, no es más que el vehículo para practicar el hobby cinematográfico de una forma diferente, el instrumento que hace compatible nuestra vieja pasión con nuestra nueva manera de ser.
Aunque resulte paradójico, el hecho de que muchas personas ya no vayan al cine es precisamente un síntoma de su mayor conocimiento e interés por esa disciplina artística. Ahora ya no lo consideran una distracción para sus horas libres, ni un pretexto para estar con los amigos, ni una actividad socializadora, ni el destino final de un paseo por la ciudad, sino una afición a la que dedican tiempo y dinero. Y dado que se trata de algo que requiere un esfuerzo intelectual por su parte, necesitan practicarlo a solas o en pareja, en un entorno íntimo propicio a la concentración. No, ahora los aficionados al cine ya no están dispuestos a confundirlo con una merendola de sábado por la tarde, ni a convertir ese rato en una tertulia entre butacas o en un plan socorrido para airear a la suegra. Ahora quieren fijarse en la banda sonora, quedarse sentados hasta que se acaben los títulos de crédito y retener el nombre del director que filmó la obra maestra. Como todo eso no es posible hacerlo en comandita, la gente ha optado con razón por ver las películas en su dormitorio o desde el sofá del salón, y la consecuencia es el cierre de las salas donde culminaban las romerías del pasado.
Hubo una época en que estuvieron de moda los autocines y otra más moderna en que se abrieron cientos de salas X. Esos sitios ya sólo existen como anécdota, pero su desaparición no significó el final de la industria cinematográfica ni de nuestras ganas de consumir sus productos. Si lo que puso fin a todo aquello fue la liberación sexual en el primer caso y la resaca de la misma en el segundo, lo que reduce hoy la cantidad de cines comerciales es un cambio de costumbres, o quizá nuestra capacidad actual para disfrutar de lo que nos gusta sin necesidad de transformar los momentos de placer en aventuras colectivas.
Pero también es cierto que todavía estamos a tiempo de ralentizar el proceso descrito arriba. Así como en el sector de los libros sólo sobrevivirán las pequeñas tiendas especializadas en títulos selectos o aquellas que ofrezcan actividades literarias paralelas al oficio de vender, en el ramo del cine sólo habrá prosperidad para las salas que proyecten un tipo muy concreto de producto, que se limiten, por ejemplo, a los documentales difíciles de encontrar, a los cortometrajes amateurs o a la opera prima de cineastas locales. Quizá entonces haya un torniquete para la hemorragia que vemos ahora, o una inversión de tendencia lo suficientemente clara como para que llegue al cine otra era de esplendor.

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