Apuntes, 27 de septiembre, 2014

A menudo cometemos el error de considerar la verdad como un hecho o un dato desnudo, un elemento aislado en laboratorio, cuando se trata más bien de una situación, una escena compleja formada por una o varias afirmaciones que se ajustan a una circunstancia, a un entorno determinado y, sobre todo, que están animadas por un objetivo digno. En el momento en que se alcanza ese fin, el compuesto funciona y se convierte definitivamente en verdadero. En la vida cotidiana, cuando le decimos a alguien que tiene buen aspecto o que le queda muy bien un vestido, estamos siempre siendo sinceros, pues la afirmación expresada entonces funciona social y psicológicamente, cumple un cometido positivo, y de ese modo prospera como VERDAD.

En El cero y el infinito, de Arthur Koestler, el protagonista es sometido a una serie de interrogatorios y sabe que sólo ciertas respuestas pueden librarle de la ejecución. En ese contexto, será VERDAD todo lo que Rubashov diga para salvar su pellejo, cualquier afirmación que le sirva para lograrlo.

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Apuntes, 14 de septiembre, 2014

La prueba definitiva de que lo que hacemos es bueno no se da cuando gusta a los desconocidos, sino al contrario, en el momento en que empieza a interesar de verdad a nuestros familiares y amigos.

Al final de su autobiografía Life, Keith Richards inserta una escena de su juventud. Recuerda cómo un día, mientras tocaba la guitarra en el cuarto, su madre oyó unos acordes desde la cocina y le preguntó: – ¿Estás escuchando la radio, Keith? – No, soy yo, mamá”, contestó él.

Taller de otoño, Literatura versus Ficción Popular, Civivox, Pamplona

Apuntes, 1 de septiembre, 2014

Creo que, hoy más que nunca, puede distinguirse entre los libros que se centran en la acción de matar y los que se ocupan del hecho de morir. Creo que, aunque los primeros alcancen a veces un nivel técnico elevado, malversan de algún modo el caudal literario que supone la muerte. Sí, porque, al optar en general por el asesinato, por la eliminación violenta de las personas, desaprovechan toda la riqueza de ideas y reflexiones que acompaña a su desaparición natural.

Siempre que leo esas novelas, me pregunto cómo es posible que se desperdicien tantas páginas en armar un argumento criminal cuando cualquier escritor tiene ante sus ojos el pozo inacabable que es el misterio de morir. Para qué inventar un entramado truculento de móviles y motivos, de trampas y coartadas, cuando se dispone del asombro siempre diferente que nos deja cada hombre cuando se muere.

En Stoner, John Williams describe con estas palabras el final de su personaje: Notó también un cambio en algún lugar de su interior, un cambio que detenía algo y se fijaba en su cabeza para no moverse. Después se le pasó y pensó: “así que así es”. Se le ocurrió que debía llamar a Edith y luego supo que no la llamaría. “Los moribundos son egoístas”, pensó, “se guardan los momentos para sí, como los niños”.

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