Apuntes, 27 de septiembre, 2014

A menudo cometemos el error de considerar la verdad como un hecho o un dato desnudo, un elemento aislado en laboratorio, cuando se trata más bien de una situación, una escena compleja formada por una o varias afirmaciones que se ajustan a una circunstancia, a un entorno determinado y, sobre todo, que están animadas por un objetivo digno. En el momento en que se alcanza ese fin, el compuesto funciona y se convierte definitivamente en verdadero. En la vida cotidiana, cuando le decimos a alguien que tiene buen aspecto o que le queda muy bien un vestido, estamos siempre siendo sinceros, pues la afirmación expresada entonces funciona social y psicológicamente, cumple un cometido positivo, y de ese modo prospera como VERDAD.

En El cero y el infinito, de Arthur Koestler, el protagonista es sometido a una serie de interrogatorios y sabe que sólo ciertas respuestas pueden librarle de la ejecución. En ese contexto, será VERDAD todo lo que Rubashov diga para salvar su pellejo, cualquier afirmación que le sirva para lograrlo.

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