Apuntes, 19 de diciembre, 2014

          Creo que el amor es una forma de vida tan sacrificada como otras y que requiere un crecimiento parecido al que nos impone el paso del tiempo. No sé a quién queremos antes de verdad, a qué criatura de nuestro entorno, pero está claro que se trata de algo que aprendemos. La fórmula del amor por los demás es una receta difícil, un combinado frágil que se corta al menor desequilibrio. La componen un mínimo de felicidad personal, espacios abiertos y los suficientes puntos débiles en el carácter como para necesitar a alguien a nuestro lado que los compense.

Y hay un momento en que se produce una especie de sinergia entre los afectos, un impulso natural que transforma cada conato de atracción en un sentimiento definitivo. Es posible que hasta cierta edad sólo hayamos sido capaces de apreciar a nuestros semejantes, a otros seres humanos. Entonces descubrimos que esa intensidad nos sirve también para los animales y para las cosas, los abarca en una prolongación de sí misma.

Cuando Sylvia, la protagonista del relato de Sarah Orne Jewett, Una garza blanca, sea mayor y haya conocido a muchos cazadores, entenderá que en el fondo es un vínculo de raíces comunes el que une a los hombres entre sí, y a éstos con las vacas y las aves y los abedules y las flores, una fuerza invisible que tira de nosotros por fortuna.

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